jueves, 31 de marzo de 2011

Eiffel: Torre en París

Obra: Torre en ParísAutor: Gustave Eiffel (1832-1823)Fecha: XIX (1889)Estilo: Arquitectura de los nuevos materialesTécnica: Hierro pudelado.
La torre Eiffel es una estructura de hierro pudelado diseñada por Gustave Eiffel, ingeniero francés (ingeniero y especialista en estructuras metálicas) y sus colaboradores, trabajando en equipo.
El uso de los nuevos materiales arquitectónicos (hierro, acero, hormigón, vidrio) que la Revolución industrial había traído, se difundió a través de las Exposiciones Universales. Estas exposiciones eran acontecimientos que organizaban los distintos estados para mostrar los avances de la ciencia y la técnica propios de su país. Pero para albergar las máquinas y los nuevos inventos se requerían pabellones de grandes dimensiones, por lo que se construyeron con los medios técnicos más avanzados y buscando la máxima funcionalidad. En principio debían ser realizadas para poder ser desmontadas al terminar la exposición y ser reutilizados los materiales. Es así como las exposiciones Universales ofrecen los mejores exponentes de la arquitectura del hierro.
La primera exposición universal [Great Exhibition of the Works of Industry of All Nations] tuvo lugar en Londres en 1851. El edificio, primero en ser construido enteramente con hierro y vidrio, fue el Crystal Palace, una gran nave preparada para acoger esa primera Exposición, que fue proyectado por Joseph Paxton, quien había aprendido el empleo de estos materiales en la construcción de invernaderos. Este edificio fue el precursor de la arquitectura prefabricada, y con él se demostró la posibilidad de hacer edificios bellos en hierro. Pero los gobernantes se dieron cuenta de que detrás de la apuesta tecnológica había un escaparte político que debería ser aprovechado. Demostrando su destreza industrial, el país anfitrión mostraba su adelanto y superioridad sobre otras potencias europeas.
Bajo esta visión, Francia acoge repetidas veces la Exposición Universal (años 1855, 1867 y 1878). Jules Ferry, presidente del Consejo de ministros francés de 1883 a 1885, decide revivir la idea de celebrar una nueva exposición universal en Francia para 1889. El año escogido no fue al azar, porque simboliza el centenario de la Revolución francesa. París se convertiría así una vez más el «centro del mundo». De la exposición sólo se ha conservado la torre, levantada por Eiffel, el resto fue desmontado con facilidad por ser de elementos metálicos.

La torre fue la
gran novedad. Está enteramente prefabricada. Se calculó con tal precisión que los ajustes no representaron ningún problema. Los 304 metros de altura indican el futuro camino en vertical de la arquitectura. Es un orgulloso monumento a la técnica y lo hace previendo las dilataciones térmicas y los empujes del viento. Es una torre símbolo. Ella sola, incardinada en su momento, puede hacernos comprender el consciente papel de Francia en la Europa del XIX. Se la puede considerar como el primer monumento moderno. Las pruebas de transmisión radiofónica efectuadas por la armada francesa antes de la fecha fatídica para su demolición, salvaron la torre finalmente. Su base está formada por cuatro arcos gigantes que descansan sobre cuatro pilares situados en los vértices de un rectángulo apoyados en enormes zócalos de hormigón. A medida que la torre se eleva, los pilares se giran hacia el interior hasta unirse en un solo elemento articulado.
Tuvo mucha oposición para su construcción. En febrero de 1887 cerca de trescientos artistas (escritores, pintores, compositores, arquitectos, etc.), algunos muy conocidos, unen sus fuerzas para denunciar “la inútil y monstruosa Torre Eiffel” en la hoy célebre carta abierta Protesta de los artistas contra la torre del Sr. Eiffel.

lunes, 28 de marzo de 2011

Delacroix: La libertad guiando al pueblo


Obra: La libertad guiando al pueblo
Autor: Eugène Delacroix (1798-1863)
Fecha: XIX (1830)
Estilo: Romanticismo
Técnica: Óleo sobre lienzo
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Esta obra fue pintada por Delacroix después de los tres días de julio de Revolución que se produjeron en París en 1830. Como resultado, el rey Carlos X, que había suprimido el Parlamento y quería restringir la libertad de prensa, fue destituido del trono y sustituido por Luis Felipe Orleáns. La revolución se extendió por el continente europeo. Inglaterra no participó del proceso pues era una monarquía parlamentaria, pero vio surgir el movimiento obrero y el movimiento político con el cartismo. Sin embargo, las potencias absolutistas de la Santa Alianza consiguieron reconducir el proceso revolucionario sin que hubiera más revoluciones hasta la siguiente de 1848. Es una de las Revoluciones burguesas o Revoluciones liberales, de la que supone un ciclo revolucionario, continuación de la Revolución de 1820 (originada en España con el levantamiento del general Riego), y que será a su vez continuado por la citada Revolución de 1848 y la de 1871.

La revolución fue seguida por ciudadanos enojados de todas las clases sociales; no existió un único cabecilla. En medio de una ciudad en llamas, surge una mujer, muy sensual y realista, que representa a la vez a la Liberad y a Francia. Va con el pecho al descubierto, lo que escandalizó a críticos y a parte de la sociedad de la época. Lleva en su mano derecha la bandera tricolor y en la izquierda el fusil.

Le acompañan miembros de las diferentes clases sociales: unos obreros con espada y sable a la izquierda, un burgués con sombrero de copa con una escopeta (el propio Delacroix), un moribundo andrajoso que mira fijamente a la mujer para señalar que ha merecido la pena luchar, y un adolescente con dos pistolas. Así se manifiesta la amplia participación ciudadana y deja clara que la causa común no mira la procedencia jerárquica.

Al fondo aparece la ciudad envuelta en el humo de la pólvora. El ambiente es muy denso y no se aprecian casi las figuras posteriores. Pero sí se ve al fondo, difuminada, Notre Dame, la catedral de París, con la bandera tricolor en lo más alto.

La composición se inscribe en una pirámide cuya base son los cadáveres que han caído en la lucha contra la tiranía, cadáveres iluminados para acentuar su importancia. La quietud de los muertos se contrapone con el gesto hacia delante de los combatientes que avanzan hacia el espectador, de tal manera que a éste no le queda otro remedio que unirse al grupo o dejarse arrastrar por él. La obra rebosa movimiento, tanto en las diagonales como en los propios personajes; de esta manera se representa a la muchedumbre enfurecida en armas. Los escorzos, el movimiento y la disposición asimétrica de los personajes, recuerdan las obras del Barroco.

El cuadro está realizado con colores pálidos y ocres, aunque en ocasiones utiliza colores vivos para indicar el dramatismo de la escena. La pincelada, que recoge lecciones de Goya, es suelta. Las fachadas y tejados de las casas se reducen a un conjunto de minúsculos toques, así como las pequeñas imágenes de soldados en el centro del extremo derecho, que no son más que un conjunto de manchas. La luz, irreal, es un elemento primordial. Estalla con fuerza en la camisa del hombre caído en primer plano para envolver la figura de la alegoría y disolverse por medio de la polvareda con el humo y las nubes, e impedir contemplar con claridad el grupo de figuras que se sitúan tras el personaje femenino, así como las torres de Notre-Dame. Es una luz violenta.

La libertad estaba ligada indisolublemente en aquella época al concepto de Patria. Por eso, la figura central de la mujer, alegoría de la libertad, lo es también de la nación., y por ello va con la bandera tricolor y el gorro frigio, símbolos revolucionarios pero que el nuevo régimen, a pesar de ser monárquico, adoptó. Y por eso aparece Notre Dame y la bandera francesa en ella.

Con esta obra, el romanticismo deja de mirar hacia la antigüedad y comienza a querer participar en la vida contemporánea. En ella el deseo de compromiso político se hace patente al convivir en la representación personajes reales, como el mismo artista. Es el primer cuadro político de la pintura moderna
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domingo, 27 de marzo de 2011

Géricault: La balsa de la Medusa


Obra: La balsa de la Medusa
Autor: Théodore Géricualt (1791-1824)
Fecha: XIX (1819)
Estilo: Romanticismo
Técnica: Óleo sobre lienzo
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En esta obra se representa las consecuencias del naufragio de la fragata de la marina francesa Méduse, que desviada de su curso, encalló el 2 de julio en frente a la costa de Mauritania. Los pasajeros y la tripulación intentaron alcanzar la costa africana, a 60 kms, en seis botes. La Méduse llevaba 400 personas, incluida una tripulación de 160, pero en los botes solo había espacio para 250. El resto -al menos 146 hombres y una mujer- se apiñaron en una balsa rápidamente construida de 20 por 7 metros, que se sumergió parcialmente una vez que fue cargada. Miembros de los otros botes intentaron arrastrar la balsa, pero tras unos kilómetros, las amarras se soltaron o alguien las soltó. El capitán dejó a los pasajeros entregados a su suerte. La situación se degradó; pues en la primera noche; 20 hombres se suicidaron o fueron asesinados, ya que para comer sólo se tenían una bolsa de galletas y dos contenedores de agua. Todas las personas, excepto 15, murieron durante los 13 días que tardaron en ser rescatadas por la nave Aarhus, y por suerte, ya que las autoridades no intentaron buscar la balsa. Los sobrevivientes soportaron el hambre, la deshidratación, el canibalismo y la locura. El hecho llegó a ser un escándalo internacional, y una enorme vergüenza pública para la restaurada Monarquía francesa de Luis XVIII.

La historia fue censurada por el gobierno, que impidió que se conociera por la prensa. Géricault, al que nadie le había encargado el cuadro, seleccionó conscientemente este incidente para generar un interés público y que le ayudara a comenzar su carrera de pintor. El cuadro mantiene relación con los cuadros de historia, pero rompe, tanto por el tema como por la presentación, con la calma de la pintura neoclásica. Fue prohibida su exposición durante dos años, pero al ser exhibida en el Salón Oficial causó un tremendo escándalo social.

Antes de pintarlo, hizo numerosos bocetos y estudios previos sobre cadáveres y restos humanos sacados de cementerios y ejecuciones públicas. Los personajes componen toda una serie de expresiones patéticas. La desesperación e impotencia más absoluta se aprecia en el anciano que da la espalda al barco y que sostiene el cadáver de su hijo muerto. El atisbo de la esperanza llega al entusiasmo desbordado de los hombres que agitan sus camisas al horizonte, donde se aprecia el mástil del barco salvador en el horizonte. La visión es completamente dantesca, con la balsa medio deshecha por el oleaje, los cuerpos de los muertos, putrefactos, mutilados, desperdigados por la balsa. Pero Gericault eliminó los detalles más escabrosos, como el canibalismo, heridas, etc.

Más que personas, son símbolos de la desesperanza y la desilusión. El cuadro acentúa esta cruel desesperanza ya que el viento corre en su contra, azotando la vela hacia el lado contrario al supuesto navío salvador. Además, grandes olas se ven en el fondo; y el cielo encapotado anuncia tormenta.

La escena se construye sobre el eje de una gran diagonal que va desde el cuerpo muerto y extendido de la izquierda hasta el hombre que, alzado por sus compañeros, ondea la camisa. Frente a ella, y en sentido contrario, se cruza una segunda diagonal desde el cuerpo de la esquina derecha a la improvisada vela hinchada. Gracias al enlace de las posturas de los personajes, el cuadro se presenta como una masa humana en pleno dinamismo. El tratamiento del espacio busca dar mayor importancia a la escena que ocurre en la balsa. Para ello, el pintor elige un punto de vista elevado que nos permite apreciar todos los distintos sentimientos de los náufragos, cerrando el espacio por una línea de horizonte muy alta que reserva el tercio superior del lienzo a la representación de un cielo tormentoso que acentúa la tragedia. En las figuras existe una fuerte tendencia hacia el realismo. Busca gestos expresivos y fuertes escorzos que le permiten intensificar el clima emocional a la vez que demuestran su exquisito dominio de la anatomía humana aprendido tanto del natural como de los grandes maestros.

En resumen, esta obra es un verdadero manifiesto de lo que será la escuela romántica, tanto en lo temático (visión trágica y pesimista de la realidad con un hombre enfrentado a fuerzas poderosas ante las que termina sucumbiendo), como en lo técnico (uso del repertorio manierista y barroco de diagonales, tenebrismo, colores cálidos, escorzos en busca de una imagen dramática y perturbadora que convenza al espectador a través de los sentimientos).
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jueves, 24 de marzo de 2011

Goya: El dos de mayo


Obra: El dos de mayo o La carga de los mamelucosAutor: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)Fecha: XIX (1814)Estilo: RomanticismoTécnica: Óleo sobre lienzo.

Antes de que Fernando VII regresara a España el 14 de marzo de 1814 una vez terminada la guerra contra las fuerzas de Napoleón, Goya se había dirigido a la Regencia manifestando “su deseo de perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas acciones o escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa”. Es posible que para entonces ya hubiera pintado los cuadros que componen la posible serie, de la que solamente se conservan dos: El dos de mayo de 1808, también conocido como La carga de los mamelucos, y Los Fusilamientos de la Moncloa. Son dos cuadros de gran tamaño.
El día 2 de mayo de 1808 se produjo en Madrid un levantamiento popular tiempo atrás larvado desde la entrada de las tropas francesas en territorio hispano. Surgen cabecillas improvisados y se buscan armas pues las únicas de que disponen son cuchillos o navajas. El general francés Murat, con mamelucos y lanceros napoleónicos, se enfrenta brutalmente a esa muchedumbre. Murat firmó esa misma tarde un decreto para sentenciar a muerte a todos cuantos hubiesen sido cogidos con las armas en las manos. La represión que siguió al día siguiente fue terrible. En los campos de La Moncloa se fusiló a centenares de patriotas. Esa escena será también recogida por Goya en Los fusilamientos de la Moncloa.
Goya da un giro importante a su pintura al realizar estos cuadros. La visión que Goya tiene de la guerra es absolutamente moderna y novedosa. Los que sufren la guerra son hombres y mujeres anónimos, que padecen y mueren en medio del horror. Goya quiere denunciar la tragedia del enfrentamiento, independientemente de quienes los cometan. Por eso su pintura se aleja cada vez más de una visión particularista del hecho para hacer una denuncia más universal. Esta idea ya se aprecia en Los desastres de la guerra, serie de grabados que había comenzado en 1810.
El pintor deja de lado la costumbre de que en este tipo de cuadros el protagonista fuera un héroe. Y aquí los había, pues podría haber usado a Daoíz o Velarde, oficiales de artillería que, sin apoyo del ejército ni de la Junta de gobierno, resistieron hasta la muerte. Pero Goya deja el tipo de composición neoclásico y hace un cuadro plenamente romántico. El protagonista del cuadro es el grupo anónimo de ciudadanos que desesperados y exaltado atacan a los invasores mucho mejor armados y preparados. Esto es lo que da modernidad y universalidad a la pintura de Goya.
En esta misma línea, en La carga de los mamelucos, Goya atenúa la referencia al lugar o al tiempo en el que ocurre la acción, así como los atributos que hicieran fácilmente reconocibles a los militares como franceses. Por eso se centra en la violencia del hecho, sin hacer distinción de bandos ni dar importancia al resultado final. Pues aunque sabemos que la acción ocurre en la Puerta del Sol de Madrid, en el cuadro solamente vemos unas vagas referencias a una arquitectura que apreciamos urbana.
La composición del cuadro también es romántica. Desaparece el esquema neoclásico triangular, equilibrado, simétrico, y aparece otro muy dinámico formado por dos diagonales en forma de aspa que se cruzan en el pantalón rojo del mameluco que está siendo descabalgado en el centro del cuadro. Incluso hay personas y caballos que están cortados por los límites materiales de la tela del cuadro, por lo que se produce una impresión de que es una instantánea fotográfica.
La riqueza cromática, sobre todo el color rojo, es un precedente de lo que poco más tarde realizarán los pintores románticos. La ejecución es totalmente violenta, con rápidas pinceladas y grandes manchas, como si la propia violencia de la acción hubiera invadido al pintor. El cuadro está como inacabado de manera intencionada. La pincelada de grandes brochazos con fondos poco dibujados, con un carácter muy directo y personajes desgarrados, muy realistas, son características típicas de la pintura romántica del siglo XIX.
Es importante el valor expresivo de los contendientes. Los madrileños tienen los ojos desorbitados por la rabia, la ira y la indignación, mientras acuchillan con sus armas blancas a jinetes y caballos. Es significativo el que acuchilla con saña sin límites el cuerpo del mameluco ya cosido a puñaladas. Más que destacar el heroísmo, interesa destacar el dramatismo y el patetismo humano. Por otra parte, el miedo también se apodera de los rostros de los franceses y de los caballos que tratan de huir.
Finalmente hay que señalar que esta cuadro y el de Los fusilamientos de la Moncloa marcaron un antes y un después en la representación del tema de la guerra. Queda ya lejos la frialdad de las obras renacentistas o el culto al héroe neoclásico. Goya abrió camino a la actitud crítica ante la guerra, una característica de la pintura moderna, que pasará por Manet (Fusilamiento del emperador Maximiliano) a Picasso (La matanza en Corea).

martes, 22 de marzo de 2011

Goya: El sueño de la razón produce monstruos



Obra: El sueño de la razón produce monstruos
Autor: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)
Fecha: XVIII segunda mitad (1799)
Estilo: Neoclásico
Técnica: Grabado. Aguafuerte y aguatinta
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«El autor, soñando. Su yntento solo es desterrar bulgaridades perjudiciales, y perpetuar con esta obra de caprichos el testimonio sólido de la verdad», escribió Goya dos años antes (1797). Pensó poner la estampa al frente de la edición de la serie conocida como Los Caprichos. La Colección de estampas de asuntos caprichosos, inventadas y grabadas al aguafuerte por don Francisco de Goya consta de 80 estampas, anunciadas en la Gaceta de Madrid el 6 de febrero de 1799 y puestas a la venta en la calle del Desengaño, número 1, tienda de perfumes y licores, pagando por cada colección de 80 estampas 320 reales de vellón.

La intención de Goya era explícita y nadie mejor que él la ha explicado:
Persuadido el autor de que la censura de los errores y vicios humanos (aunque parece peculiar de la eloqüencia y la poesía) puede también ser objeto de la pintura: ha escogido como asuntos para su obra, entre la multitud de extravagancias y desaciertos que son comunes en toda sociedad civil, y entre las preocupaciones y embustes vulgares, autorizados por la costumbre, la ignorancia, o el interés, aquellos que ha creido más aptos para suministrar materia para el ridículo, y exercitar al mismo tiempo la fantasía del artífice. Y sigue: El autor; ni ha seguido los ejemplos de otros, ni ha podido copiar tampoco de la naturaleza. Y si el imitarla es tan difícil, como admirable cuando se logra, no dejará de merecer alguna estimación el que apartándose enteramente de ella, ha tenido que exponer a los ojos normas y actitudes que sólo han existido hasta ahora en la mente humana, obscurecida y confusa por la falta de ilustración o acalorada por el desenfreno de las pasiones. Concluye así: (...) En ninguna de las composiciones que forman esta colección se ha propuesto el autor; para ridiculizar los defectos particulares, a uno u otro individuo (...) La pintura, como la poesía, escoge en lo universal lo que juzga más a propósito para sus fines: reúne en un solo personage fantástico circunstancias y caracteres que la naturaleza presenta repartidos en muchos, y de esta convinación, ingeniosamente dispuesta, resulta aquélla feliz imitación por la cual adquiere un buen artífice el título de inventor y no de copiante servil.

La fuerte crítica satírica de las estampas irritó a la Inquisición y Goya ofreció al Rey las 80 láminas y las colecciones no vendidas. El monarca aceptó la oferta (1803) y, a cambio, incluyó al hijo del pintor, Javier, en la nómina de la Real Casa. Los comentarios manuscritos se guardan actualmente en el Museo del Prado y en la Biblioteca Nacional.

He aquí los comentarios:
La fantasía, abandonada de la razón, produce monstruos imposibles; unida con ella es madre de las artes y origen de las maravillas [El Prado]. Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelven visiones. [Biblioteca Nacional].

En el grabado de invención, Goya podía expresarse libremente al igual que ocurría con aquellas pinturas que nacían sin ser obra de encargo y Goya sabía el potencial que encerraba el grabado como técnica artística, método de enseñanza y medio de difusión de su obra. Realizará otras tres series de grabados: Los desastres de la guerra, La tauromaquia y Los disparates.

lunes, 21 de marzo de 2011

Goya: Fernando VII


Obra: Fernando VII, rey de España
Autor: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)
Fecha: XIX primer tercio (1814)
Estilo: Neoclásico
Técnica: Óleo sobre lienzo
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En 1789, al subir al trono español Carlos IV, Goya es nombrado pintor de Cámara del Rey, lo que le capacitaba para ejecutar los retratos oficiales de la familia real. Entre los retratos que pinta a miembros de la familia real está este encargado por el Ayuntamiento de Santander para presidir el salón de sesiones. Lo más importante es que el cuadro se realiza después de la vuelta de Fernando VII y de la abolición de lo realizado por las Cortes de Cádiz durante su ausencia de España, entre otras cosas, de la Constitución de 1812, restauración de la Inquisición, prohibición de la libertad de imprenta, etc. Son momentos malos para Goya, acusado de afrancesado y liberal. Sin embargo, Goya trata de eludir todo signo de afrancesamiento.

En el contrato se lee cómo debe ser realizado el cuadro:
«Ha de ser el lienzo de siete pies de alto por el ancho proporcionado. El retrato deberá ser de frente y de cuerpo entero; el vestido de Coronel de Guardias con las insignias reales. Deberá tener la mano apoyada sobre el pedestal de una estatua de España coronada de laurel y estarán en este pedestal el cetro, corona y manto: al pie un león con cadenas rotas entre las garras». Así lo recoge el cuadro.

Fernando VII aparece de cuerpo entero con el uniforme de Coronel de Guardia de Corps, con fajín rojo a la cintura, banda de la Orden de Carlos III, varias condecoraciones (Toisón de Oro, Orden de Carlos III) y el sable reglamentario. Apoya su brazo izquierdo en el pedestal que soporta la alegoría de España coronada de laurel. A la izquierda del monarca se sitúan el cetro, la corona y dos mantos, uno rojo y otro de armiño. Sobre éstos se aprecia un enigmático objeto, especie de transparente bóveda de crucería que guarnece algo parecido a una piedra. A los pies se recuesta un manso león, con una cadena entre las garras y, en el suelo, se sitúan diversos eslabones rotos.

Usa vivos y vibrantes rojos, azules y blancos; sabia modulación de los negros; disperso moteado de verdes esmeraldas, sutiles nacarados, desenfado, en suma, en el tratamiento técnico.

Al rey se le ha eliminado posteriormente el cetro y la corona de laurel con la que le coronaba la figura femenina que se encuentra encima de él, y que sería la alegoría de España. Estos cambios realizados por el pintor nos hablan de la ilusión primitiva que Goya siente por un Fernando VII constitucional (con cetro y laurel constitucionales) cuando vuelve en 1814 y la desilusión que le produjo al pintor la vuelta al absolutismo, por eso le pinta como rey que no es digno de llevar el cetro ni la corona de laurel. Estas interpretaciones pueden otorgar a la obra de Goya un contenido de rico trasfondo político e ideológico. Y es que a Goya se le podía dictar la iconografía, pero su brillante y compleja personalidad difícilmente podía sujetarse a dictados externos a la hora de otorgarles contenido.

domingo, 20 de marzo de 2011

Músico tocando el mizmar


Obra: Músico tocando el mizmar: fragmento de una adaraja
Autor: Anónimo
Fecha: XII
Estilo: Árabe; perido almorávide
Técnica: Pintura al temple sobre estuco
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En el actual monasterio de Santa Clara (Murcia) se levantaron dos palacios islámicos. El más antiguo fue construido por Muhammad ibn Mardanis (siglo XII) conocido por los cristianos como el Rey Lobo, de origen mozárabe; el segundo es obra del emir Ibn Húd (siglo XIII) y se edificó sobre las ruinas del palacio anterior. En 1272 este palacio pasó a propiedad de la Corona castellana, y en 1365 Pedro I lo cedió a las monjas Clarisas, que lo copuan hasta hoy en día. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el convento permitieron recuperar numerosos restos decorativos del edificio del Rey Lobo, entre los que destacan unos espectaculares zócalos pintados de época almorávide y unos fragmentos (adarajas) de una cúpula de mocárabes decorada con pintura al temple sobre estuco con representaciones humanas. En el fragmento mejor conservado vemos a un personaje femenino (¿hombre?) tocando el mizmar, un instrumento musical de viento de doble lengüeta parecido al oboe. Era utilizado por los músicos en los ambientes cortesanos de esta época islámica. Está realizado con pintura polícroma al temple. Muestra un encanto especial el carmín de las mejillas que se inflan al soplar sobre la boquilla del instrumento y el cordel rojo enrollado sobre la mano. El fondo es azul, de color plano y uniforme. Las líneas del dibujo, muy nítidas, el colorido ingenuo, las tintas planas y la fantasía son las principales características de esta pequeña obra (12 x 9 cms; un poco menos que la palma de la mano) de arte. En la forma de realizar el vestido, con líneas muy oscuras para separar sus partes, vemos un estilo muy parecido al de la pintura románica. Es posible que fuera pintado por algún pintor musulmán que conociera también la miniatura o por algún pintor cristiano al servicio del emir musulmán. Las artes figurativas en el islam nunca tuvieron un gran desarrollo, más por prejuicios sociales que por una prohibición expresa del Corán. Lo que el Corán condena es la idolatría, no la representación figurativa. Esto quiere decir que hay una escasez real de pintura y escultura figurativa, aunque no absoluta. Pero tanto en el siglo XII como en el XIII, con dinastías de carácter fuertemente integrista como las almorávides y almohades, las pinturas se hallan muy restringidas. Encontramos ejemplos tan sólo en tejidos y cerámicas. Las pinturas de mejor calidad están en las techumbres de madera mudéjares, con temas paganos de caza y corte. Las pinturas más bellas, caso aparte de los frescos palaciegos, las encontraremos en los libros sagrados que se iluminan a la manera medieval cristiana con pequeñas escenitas llenas de figurillas, así como sus libros de poesía, cuentos, ciencia, etc.

sábado, 19 de marzo de 2011

Goya: El entierro de la sardina


Obra: El entierro de la sardina
Autor: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)
Fecha: XIX primer tercio (entre 1812 y 1819)
Estilo: Neoclásico
Técnica: Óleo sobre tabla

El entierro de la sardina es una tradición que viene desde la Edad Media. Se realiza al terminar el carnaval, periodo de tres días previos al miércoles de ceniza. De esta forma daba principio la cuaresma, o cuarenta días de penitencia, como preparación para la fiesta de la Resurrección de Cristo. Si ya el carnaval era un periodo de provocación y transgresión, la fiesta de la sardina era ya lo máximo, pues era el final. Goya recoge esta escena popular.

En su origen, como se ve en el dibujo previo, parece que la intención del pintor era criticar a la Iglesia Católica. Por eso en el estandarte ponía la palabra Mortus, y delante de él bailaban dos monjes o monjas. Esto se sabe por las fotos en rayos x. Al final, eso fue corregido y se puso la cabeza del dios Momo, dios griego personificación del sarcasmo y la burla, en el estandarte y los dos monjes o monjas se transformaron en dos jóvenes con caretas o maquillaje muy notable que bailan delante. A mano izquierda aparece un personaje con un vestido que recuerda a los soldados del XVII, con una pica o puñal en la mano, ¿tal vez una insinuación sexual?

El cuadro ahora es uno de temática costumbrista de pequeño tamaño, pero que no tiene nada que ver con la pintura de este tipo realizada por Goya para los cartones de su etapa anterior. Aquí lo que brila es el bullicio, la fiesta, la jarana, el baile y el sentido transgresor que todo carnaval conlleva.

Parece que está pintado durante la época absolutista que impuso Fernando VII a su vuelta de Francia. Había prohibido estas fiestas, pero la gente las seguía realizando. Podría ser una crítica a esta actitud del rey que tan poco gustaba a Goya. En todo caso, por la forma de la pincelada, las caretas o máscaras, etc., es como un anticipo de las posteriores pinturas negras.

Este tipo de cuadros pequeños se llaman de gabinete, porque solían ser pintados para personas adineradas o ricos coleccionistas que los colocaban en el gabinete, sala pequeña y reservada en la que guardaban no solo cuadros sino esculturas, libros pequeños, monedas, etc. Eran salas de acceso restringido a las que solamente accedían personas de su absoluta confianza.

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viernes, 18 de marzo de 2011

Goya: La maja desnuda


Obra: La maja desnuda
Autor: Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828)
Fecha: XVIII segunda mitad (antes de 1800)
Estilo: Neoclásico
Técnica: Óleo sobre lienzo
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La conocida como Maja desnuda es un retrato de cuerpo entero de una joven mujer recostada plácidamente en un diván de terciopelo verde con almohadas y colcha que mira directa y fijamente al observador. Más tarde formará pareja con la conocida como Maja vestida. Hay varias circunstancias que han rodeado a esta tela y que han aumentado los comentarios en su entorno.

Por la fecha de composición estamos en pleno neoclasicismo, por lo que es una pintura claramente neoclásica, pero que tiene novedades interesantes. Por ejemplo, la figura representada desnuda no es ninguna imagen divina o mitológica que justificara el desnudo, sino una mujer normal de carne y hueso, una imagen moderna. Es también audaz la expresión picaruela del rostro y la actitud corporal de la modelo, que parece sonreír satisfecha y contenta de mostrar sus gracias. Y por si fuera poco, el centro del cuadro coincide con su pubis, que aparece, por primera vez en la pintura universal, con vello. La chica, con la espalda sobre una almohada, marca sus separados senos al retraer los brazos y coloca las piernas elegantemente. Presenta un cierto sonrojamiento en sus mejillas, muy atrayente al combinarse con el descaro y desparpajo con que posa. Se ha comentado, y no deja de llamar la atención del espectador, la posición de la cabeza, algo forzada en relación al cuerpo, como si su cuello no presentase una postura natural y relajada.

¿De quién se trata? Se ha especulado con que la figura represente a la Duquesa de Alba, María del Pilar Teresa Cayetana, a quien Goya estaba unido desde que enviudó ésta y se trasladaron juntos a Sanlúcar de Barrameda, aunque el rostro no corresponde con el de las Majas. Podría ser un rostro estereotipado, como hacía en los cartones para tapiz, para que no fuera reconocida. La postura provocativa de la Maja, con una mirada pícara y atrayente, podría incluso sugerir que se trata de una prostituta de alto postín, que se ofrece al mejor postor. Se ha pensado también con que la retratada fuera Pepita Tudó, entonces amante y, más tarde, esposa de Godoy.

¿Quién encargó esta obra? Siguen las incógnitas, pero lo que sabemos es que en 1800 está, junto con su compañera la Maja vestida, en el gabinete de Godoy. En todo caso, Goya fue llamado en 1815 por la Inquisición para saber quién era la dama y para quién la había pintado. No sabemos qué contestó Goya, pero el asunto fue sobreseído. Parece ser que altas instancias (Godoy, el Cardenal Luis de Borbón, o el propio Fernando VII) pararon la instrucción.

La precisión del dibujo que Goya realiza en la figura, el predominio de una gama cromática fría, la pincelada de gran perfección académica, son elementos neoclásicos. Lo mismo se puede decir del cuidado tratamiento de las carnaduras y de los sombreados, así como el juego de verdes con blancos y rosados. Para destacar el cuerpo, de gran luminosidad y que contrasta con el resto del ambiente, del fondo liso, la hace reposar sobre un canapé de terciopelo verde. En cambio, las pinceladas de las almohadas y de las sábanas son mucho más sueltas y abocetadas.

Aparte del diván y la maja, no existe nada más; el fondo es neutro, en tonos pardos, y no nos permite ni distraernos ni identificar ninguna otra cosa.

Y finalmente, podemos hacernos una pregunta: ¿ por qué o para qué pintó dos cuadros del mismo personaje?