miércoles, 9 de noviembre de 2011

El Greco: Entierro del Conde de Orgaz





Obra: Entierro del señor de Orgaz
Autor: Doménikos Theotokópoulos El Greco (1541-1614)
Fecha: Siglo XVI (1587)
Estilo: Manierismo
Material: Óleo sobre lienzo

Don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz y protonotario de Castilla, era un piadoso noble del siglo XIV de origen griego que patrocinó la transformación de una antigua mezquita de Toledo en una iglesia gótico-mudéjar dedicada a Santo Tomé (Tomás) y allí dispuso ser enterrado. Puso la iglesia bajo la advocación de san Esteban (santo de su devoción) y entregó la iglesia a los frailes agustinos. Mientras se cumplieron las mandas de su testamento a rajatabla durante muchos años a partir de 1322, fecha de su muerte, iba también creciendo en torno a su figura una leyenda que caló en Toledo. Según esta, cuando el señor de Orgaz falleció, San Esteban y San Agustín se personaron para depositar su cuerpo en el sepulcro de la iglesia que había promovido, celebrando tal prodigio toda la ciudad. En 1583, el párroco Andrés Núñez, quiso dejar en la capilla del conde una representación testimonial del suceso, exaltando al tiempo su vida caritativa. Para ello acudió en 1586 al Greco, quien firmó un contrato en el que se especificaba detalladamente cómo debía ser la escena, con cláusulas que no dejaban mucho margen creativo para el pintor. Se puntualizaba de la siguiente manera: “en el lienzo se ha de pintar una procesión, (y) cómo el cura y los demás clérigos que estaban haciendo los oficios para enterrar a don Gonzalo Ruiz de Toledo señor de la Villa de Orgaz, y bajaron San Agustín y San Esteban a enterrar el cuerpo de este caballero, el uno teniéndolo de la cabeza y el otro de los pies, echándole en la sepultura, y fingiendo alrededor mucha gente que estaba mirando y encima de todo esto se ha de hacer un cielo abierto de gloria ...”. Sin embargo, el Greco consiguió realizar una de las pinturas más importantes del arte manierista español. La iconografía del cuadro es compleja y conviene tenerla en cuenta para analizarlo correctamente.
La escena está dividida en dos zonas: una inferior, en la que ocurre el milagro y una superior donde se muestra la esfera celestial.
En la zona inferior hay tres partes: la central, con el milagro, a la derecha el responso por el eterno descanso del alma del señor y como fondo, un buen número de testigos en los que introduce retratos de personajes contemporáneos, algunos de los cuáles han sido identificados.
El milagro consiste en que San Esteban (revestido con la dalmática de diácono) y San Agustín (con la capa pluvial y la mitra, de pontifical) se presentan durante el entierro del conde. Entre ambos santos sujetan sin esfuerzo alguno el cuerpo del señor de Orgaz que está recubierto de una pesada armadura metálica y lo introducen en el sepulcro. A la derecha se representa la lectura del responso (oración de difuntos para que su alma sea acogida por Dios en la gloria) por parte del párroco, revestido de capa pluvial con gruesos bordados en hilos de oro, y al sacristán, de espaldas, con un sobrepelliz de notable transparencia en blanco. Es la zona realista del cuadro; los personajes adoptan actitudes reales y son más naturales las sombras y las texturas.
Eclesiásticos y civiles toledanos, entre los que se aprecia el autorretrato del Greco, asisten al acto, todos ellos con sus mejores galas, vestidos de negros, según la disposición de Carlos I, como ideal de dignidad. Algunos de ellos son caballeros de la Orden de Santiago.
En el plano superior encontramos un rompimiento de cielos para ver la gloria celeste. La unión entre la zona terrenal y la celeste se realiza mediante un ángel que lleva el alma del difunto en forma de pequeño feto. De esta forma la muerte se convierte en un trance doloroso, pero lleno de esperanza.
El primer tema que encontramos en la gloria es la representación de la Virgen y San Juan Bautista ante Cristo, siguiendo la tipología denominada “Déesis” en el arte bizantino. Al mismo tiempo Cristo ordena a San Pedro, reconocible por el atributo de las llaves, abrir el Cielo al recién llegado. Alrededor se disponen personajes del Antiguo Testamento (David, Moisés, Noé) y del Nuevo, María, Marta y Lázaro, San Pablo, Santiago y Santo Tomás. Como dato anecdótico, es curiosa la presencia entre los santos de dos personajes que en el momento en que se hace la pintura todavía no habían fallecido: Felipe II, que nunca mostró interés por la forma de pintar del Greco, siendo posiblemente resaltado su papel como defensor de la Fe, y del papa Sixto V.
El niño (Jorge Manuel, hijo de El Greco) que mira fijamente al espectador, como una invitación a participar en la escena. Este recurso no era raro en el Renacimiento (recordar a José de Arimatea en el Santo Entierro de Juan de Juni). A pesar de la solemnidad del momento, no todos los personajes que presencian el momento son capaces de captar su trascendencia. Apenas cinco de ellos, representados con la mirada dirigida hacia arriba, parecen participar de la visión sobrenatural que el Greco ha situado en la parte superior, caracterizada por el empleo de figuraciones y colores irreales, de otro mundo.
En esta obra están presentes todos los elementos del lenguaje manierista del pintor: figuras alargadas, cuerpos vigorosos, escorzos inverosímiles, colores brillantes y ácidos, uso arbitrario de luces y sombras para marcar las distancias entre los diferentes planos, etc. Rasgo manierista es también la no existe profundidad en la escena, por lo que no observamos ni suelo, ni fondo arquitectónico en el que se desarrolla la escena. El sepulcro o la tumba en la que se coloca el cadáver no está representada; la intuimos. Como en otros cuadros de El Greco, hay diferentes perspectivas: una, con el pintor colocado a nivel del espectador, para la parte terrenal; y otra, vista desde abajo, para la parte celeste.
El Greco hace un uso artificioso de la luz, algo típico del manierismo. En la parte inferior se aprecia una concentración lumínica en el espacio en que se produce el milagro. Aquí abundan los colores blanco, rojo y dorado, recurso de color tomado del refinamiento de la pintura veneciana, que se combinan con un juego de brillos y reflejos en la reluciente armadura, con el busto de San Esteban reflejado en el pecho del conde. Las nubes también están resueltas con un colorido y un aspecto que sigue de cerca las experiencias venecianas de Tintoretto.
Aunque es internacionalmente conocido como “El entierro del Conde de Orgaz” y así nos referiremos al personaje, don Gonzalo Ruiz en realidad no era conde, ya que el condado de Orgaz no se constituyó hasta el siglo XVI.


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Obra: Enterro do señor de Orgaz
Autor: Doménikos Theotokópoulos O Greco (1541-1614)
Data: Século XVI (1587)
Estilo: Manierismo
Material: Óleo sobre lenzo

Don Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de Orgaz e protonotario de Castela, era un piadoso nobre do século XIV de orixe grega que patrocinou a transformación dunha antiga mesquita de Toledo nunha igrexa gótico - mudéxar dedicada a san Tomé (Tomás) e alí dispuxo ser enterrado. Puxo a igrexa baixo a advocación de santo Estevo (santo da súa devoción) e entregou a igrexa aos frades agostiños. Ao tempo que pasaban os anos, a partir de 1322, data da súa morte, e se ían cumprindo estritamente as mandas do seu testamento, ía tamén crecendo en torno á súa figura unha lenda que calou en Toledo. Segundo esta, cando o señor de Orgaz faleceu, santo Estevo e santo Agostiño acudíronse para depositar o seu corpo no sepulcro da igrexa que tiña promovido, celebrando tal prodixio toda a cidade. En 1583, o párroco Andrés Núñez, quixo deixar na capela do conde unha representación testemuñal do suceso, exaltando ao tempo a súa vida caritativa. Para iso acudiu en 1586 ao Greco, quen asinou un contrato no que se especificaba detalladamente como debía ser a escena, con cláusulas que non deixaban moita marxe creativa para o pintor. Puntualizábase do seguinte xeito: "no lenzo hase de pintar unha procesión, (e) como o cura e os demais clérigos que estaban facendo os oficios para enterrar a don Gonzalo Ruiz de Toledo señor da Vila de Orgaz, e baixaron santo Agostiño e santo Estevo a enterrar o corpo deste cabaleiro, un terma da cabeza e o outro dos pés, colocándoo na sepultura, e finxindo ao redor moita xente que estaba mirando e encima de todo isto hase de facer un ceo aberto de gloria ...". Con todo, o Greco conseguiu realizar unha das pinturas máis importantes da arte manierista española. A iconografía do cadro é complexa e convén tela en conta para analizalo correctamente.
A escena está dividida en dúas zonas: unha inferior, na que ocorre o milagre e unha superior onde se mostra a esfera celestial.
Na zona inferior hai tres partes: a central, co milagre, á dereita o responso polo eterno descanso da alma do señor e como fondo, un bo número de testemuñas nos que introduce retratos de personaxes contemporáneos, algúns dos cales foron identificados.
O milagre consiste en que santo Estevo (revestido coa dalmática de diácono) e santo Agostiño (coa capa pluvial e a mitra, de pontifical) preséntanse durante o enterro do conde. Entre ambos santos suxeitan sen esforzo ningún o corpo do señor de Orgaz que estará cuberto dunha pesada armadura metálica, e introdúceno no sepulcro. Á dereita represéntase a lectura do responso (oración de defuntos para que a súa alma sexa acollida por Deus na gloria) por parte do párroco, revestido de capa pluvial con grosos bordados en fíos de ouro, e ao sancristán, de costas,cun sobrepeliz de notable transparencia en branco. É a zona realista do cadro; os personaxes adoptan actitudes reais e son máis naturais as sombras e as texturas.
Eclesiásticos e civís toledanos, entre os que se aprecia o autorretrato do Greco, asisten ao acto, todos eles coas súas mellores galas, vestidos de negro, segundo a disposición de Carlos I, como ideal de dignidade. Algúns deles son cabaleiros da Orde de Santiago.
No plano superior atopamos un rompemento de ceos para ver a gloria celeste. A unión entre a zona terreal e a celeste realízase mediante un anxo que leva a alma do defunto en forma de pequeno feto. Desta forma a morte convértese nun transo doloroso, pero cheo de esperanza.
O primeiro tema que atopamos na gloria é a representación da Virxe e san Xoán Bautista ante Cristo, seguindo a tipoloxía denominada "Déeses" na arte bizantina. Ao mesmo tempo Cristo ordena a san Pedro, recoñecible polo atributo das chaves, abrir o Ceo ao recentemente chegado. Ao redor dispóñense personaxes do Antigo Testamento (David, Moisés, Noé) e do Novo: María, Marta e Lázaro, san Paulo, Santiago e san Tomé. Como dato anecdótico, é curiosa a presenza entre os santos de dous personaxes que no momento en que se fai a pintura aínda non faleceran: Filipe II, que nunca mostrou interese pola forma de pintar do Greco, sendo posiblemente resaltado o seu papel como defensor da Fe, e do papa Sixto V.
O neno (Xurxo Manuel, fillo do Greco) que mira fixamente ao espectador, como unha invitación a participar na escena. Este recurso non era raro no Renacemento (recordar a Xosé de Arimatea no santo Enterro de Juan de Juni). Malia a solemnidade do momento, non todos os personaxes que presencian o momento son capaces de captar a súa transcendencia. Apenas cinco deles, representados coa mirada dirixida cara arriba, parecen participar da visión sobrenatural que o Greco situou na parte superior, caracterizada polo emprego de figuracións e cores irreais, doutro mundo.
Nesta obra están presentes todos os elementos da linguaxe manierista do pintor: figuras alargadas, corpos vigorosos, escorzos inverosímiles, cores brillantes e ácidas, uso arbitrario de luces e sombras para marcar as distancias entre os diferentes planos, etc. Trazo manierista é tamén a non existencia de profundidade na escena, polo que non observamos nin chan, nin fondo arquitectónico no que se desenvolve a escena. O sepulcro ou a tumba na que se coloca o cadáver non está representada; intuímola. Como noutros cadros do Greco, hai diferentes perspectivas: unha, co pintor colocado a nivel do espectador, para a parte terreal; e outra, vista desde abaixo, para a parte celeste.
O Greco fai un uso artificioso da luz, algo típico do manierismo. Na parte inferior apréciase unha concentración luminosa no espazo no que se produce o milagre. Aquí abundan as cores branca, vermella e dourada, recurso de cor tomado do refinamento da pintura veneciana, que se combinan cun xogo de brillos e reflexos na relucente armadura, co busto de santo Estevo reflectido no peito do conde. As nubes tamén están resoltas cun colorido e un aspecto que segue de cerca as experiencias venecianas de Tintoretto.
Aínda que é internacionalmente coñecido como “O enterro do Conde de Orgaz” e así nos referiremos ao personaxe, don Gonzalo Ruiz en realidade non era conde, xa que o condado de Orgaz non se constituíu ata o século XVI.

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