
Obra: El pensador
Autor: Auguste Rodin (1840-1917)Fecha: Entre 1880-1902Estilo: Impresionismo. Escultura del siglo XIXTécnica: Bronce
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Ver la belleza es fácil, sólo hay que fijarse en ella.
Ver a beleza é doado, só hai que fixarse nela.


El postimpresionismo es un término histórico-artístico acuñado por el crítico inglés Roger Fry con motivo de una exposición de Cezanne, Gaugin y Van Gogh celebrada en Londes en 1910. Se aplica a los estilos pictóricos de finales del siglo XIX y principios del XX. Los postimpresionistas derivan desde el impresionismo hacia una pintura personal que anuncia los movimientos pictóricos más importantes del XX. Surge como una extensión del impresionismo pero a su vez rechaza las limitaciones de éste. Creen que el impresionismo, en su afán por captar la luz del natural, había disuelto las formas y que los elementos del cuadro habían perdido volumen, dibujo y sentido del espacio. El postimpresionismo consigue una recuperación del dibujo y se preocupa por captar no sólo la luz sino también la expresividad de las cosas y de las personas iluminadas. Ahora el color tendrá un valor subjetivo y expresivo, aunque no coincida con la realidad, pues se busca el color por su carga emotiva.
Las formas se harán más claras y nítidas, más volumétricas, llegando incluso a geometrizarlas. Y estas formas son más claras si los colores están contrastados entre sí.
Y para terminar, las composiciones son más sencillas y estáticas. Pero a partir de estos presupuestos, cada pintor, tendrá su propia personalidad.
Cezanne recupera en su pintura el volumen gracias a la geometría, el dibujo y la definición de las formas hechas con pinceladas constructivas. Las formas de las cosas no cambian aunque cambie la luz que les dé, y son las formas las que realmente sabemos siempre cómo son. Y la mejor manera destacar las formas es reduciendo las formas a figuras geométricas básicas y claras: cilindro, cono, esfera, circunferencia, triángulo, etc.
Todo esto sin renunciar a un color de gran intensidad mediante los contrastes y las sombras coloreadas, pues el color aporta luz y reconstruye la forma. No usó el sistema de claroscuro tradicional.
Esta forma de pintar origina pequeñas distorsiones fruto de la utilización de más de un punto de vista, como se aprecia en este bodegón. Reivindica el componente bidimensional de la pintura; no le interesa la profundidad ni la perspectiva tradicional, ni siquiera la tridimensionalidad.
En su época de madurez, momento al que pertenece el cuadro, hace suyo un género que entonces estaba desprestigiado: el bodegón o naturaleza muerta. Para Cézanne el bodegón es un tema de estudio, ideal para probar, combinar y componer pequeñas cosas de la vida. Además, el bodegón le obliga a grandes sesiones de trabajo para aprehender el objeto en su entidad, no para copiarlo fotográficamente. Se dio cuenta, por ejemplo, que las frutas varían con el paso del tiempo, y también los pliegues de los manteles; por eso terminó enyesando los manteles y pintando frutas de cera. En la serie de seis bodegones que hace ahora se encuentran los mismos accesorios: vajilla de loza y jarra con decoración floral. En la obra que vemos las piezas de fruta destacan por su esfericidad. Algunas realmente no parecen tales frutas, sino simples círculos o esferas, cuyos volúmenes nos vienen dados por la precisión de los contornos y perfiles, construidos a través de la modulación del color que en este caso sólo cuenta con una sola gama de tonos, rojos y naranjas. Como se comentó antes, una característica de este cuadro es el uso que hace de la perspectiva, pues rompe con las normas tradicionales: En el cuadro algunos objetos presentan una doble visión perspectiva. Así, el cuenco que en el centro guarda la fruta presenta, en su parte superior, un punto de vista, y en su parte inferior, otro, como visto desde arriba. Y lo mismo ocurre con los distintos objetos entre sí. Mientras el plato de la izquierda presenta una perspectiva casi vertical, la jarra se ve frontalmente. Así la composición se enriquece porque ofrece dentro de una misma imagen múltiples puntos de vista, como si nosotros nos moviéramos delante de esta mesa con fruta. Esto es visible en el mantel, cuyos pliegues, duros y aristados, como acartonados, adquieren el volumen y relieve por efecto de los matices de color. La composición se organiza con una colgadura que cierra la perspectiva y un marcado triángulo blanco, con el frutero central en su vértice; crea así una estructura estable y sólida. Recuerda las naturalezas muertas flamencas del siglo XVII.
En resumen, esta obra nos ofrece una visión intelectualizada de la realidad, muy distante de la concepción simplemente visual que tenían de esa misma realidad los impresionistas.

Courbet nos presenta el entierro de una persona, tal vez el del propio abuelo del pintor, en Ornans, su pueblo natal. El momento elegido es el previo a la colocar el féretro en el hoyo que aparece en el centro de la parte inferior del cuadro, después de terminar las oraciones que realiza el sacerdote. Por comentarios que hizo el pintor, la población entera quiso posar para el cuadro. Entre las casi cuarenta figuras representadas a tamaño natural, en un retrato colectivo, está toda la comunidad, desde los representantes del ayuntamiento hasta las plañideras oficiales, pasando por los hidalgos y familiares del pintor. Se inspira de los retratos colectivos (doelen stukken) holandeses del XVII. Ni siquiera el perro, en primer plano, falta.
Es todo un manifiesto del realismo, nuevo estilo artístico defendido por Courbet, a quien se atribuye el propio término. Presentó el cuadro en el Salón de 1850 y provocó el escándalo y un rechazo bastante generalizado.
Para empezar, la obra está realizada en un formato grande, tamaño reservado para “temas elevados”: religiosos, históricos, mitológicos y retratos de las clases altas. Se criticó el que hubiera dado a un enterramiento en un pueblo, lo que sería un cuadro de costumbres o de género, un hecho intrascendente en todo caso, el formato y el tratamiento de un cuadro de historia. La obra tampoco gustó por la manera de representar a los propios personajes, poco agraciados físicamente y vestidos con ropas vulgares, pobres, sin ningún tipo de idealización. Pero los muestra tal cual son, pues así era la realidad, y nadie podía cambiarla. Además no ocurre nada destacado en el entierro ante una fosa que se atisba en primer plano. Es una escena casi estática, que muestra una gran indiferencia e increencia en los personajes.
La estructura del lienzo es horizontal, y las figuras se disponen sin ningún tipo de organización establecida o jerarquía, casi como en un friso, donde ni siquiera hay simetría. Con estos elementos, rompe toda la idealización romántica. Usa una gama cromática muy reducida, lo que aumenta el dramatismo de la escena. Predomina el color negro y el blanco, también hay rojos en las togas y los birretes de los maceros, en los que se ve la influencia de Velázquez y Zurbarán. El color blanco predomina en las personas y en los objetos del primer plano (pañuelos, toquillas, cuellos de las camisas y el perro) que están por todo el cuadro. Junto a estos colores predominan una serie de tonos ocres-terrosos y verduscos del paisaje que dan uniformidad al cuadro.
El tema del cuadro fue considerado durante mucho tiempo como anticlerical, pero ha sido reinterpretado recientemente como una composición en la que domina la idea de un “acuerdo universal”, preocupación constante del siglo XIX y de la generación de 1848 en particular. Esta interpretación está motivada en el hecho de que la escena está dominada por Cristo en la cruz, y donde se codean el clero, un alcalde y un juez francmasón, rodeados de hombres y de mujeres de todas las condiciones sociales.
Según nos acercamos a mediados del siglo. XIX, se van agotando los valores románticos a medida que avanza la ideología socialista y la percepción de las injusticias sociales que está provocando la Revolución Industrial. Esto origina una reacción en muchos artistas que usan la pintura como un arma de denuncia. Para ello ya no servían los modelos artísticos del pasado. Por eso se apuesta por la representación directa de la realidad, por la provocación como forma de relación con el espectador.
El contexto histórico en que vive Courbet, con la revolución de 1848 y el advenimiento de la II República francesa, influye enormemente en el artista. Para él supone un salto cualitativo importante, una manera de cambiar su actitud ante el público y el arte. Cree que debe surgir una nueva cultura, la de los valores proletarios, que va a ser clave en su pintura. Las teorías acerca del realismo tomaron cuerpo en las infinitas y fecundas discusiones que tienen una serie de artistas e intelectuales. Courbet fue, pues, un hombre muy comprometido política y socialmente a lo largo de su vida y, consideró a la pintura como medio eficaz en la lucha por la defensa de sus ideas. Con obras de este tipo trataba de manifestar su repulsa y rechazo a la sociedad injusta de su tiempo, pues no representaba escenas y acontecimientos de los ricos burgueses que pagaban por ser pintados, sino hechos de la vida cotidiana y de personas absolutamente desconocidas.