domingo, 31 de mayo de 2009

Van Eyck: Matrimonio Arnolfini

Obra: Matrimonio Arnolfini
Autor: Jan Van Eyck (c.1390-1441)
Fecha: XV (1434)
Estilo: Gótico flamenco
Técnica: Óleo sobre tabla de roble
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Jan Van Eyck pinta este cuadro en 1434, según consta junto al espejo del fondo, donde aparece su firma. Es uno de los artistas denominados "primitivos flamencos", tal vez el más importante de todos ellos.

Está pintado al óleo, la principal novedad técnica de la pintura flamenca. El óleo ya se conocía y usaba en pequeñas aplicaciones junto con el fresco y el temple. Pero Jan Van Eyck, junto con su hermano Hubert, perfeccionó la técnica al usar unos aceites y disolventes que permitían pintar completamente toda una tabla. El óleo permite además nuevas posibilidades artísticas decisivas en la Historia de la pintura. La precisión y el detallismo que se alcanza con el óleo llegan a límites increíbles; estos cuadros hay que verlos de cerca para poder apreciar el enorme trabajo que llevaba su realización. El detallismo se consigue porque el óleo tiene un secado lento y permite usar pinceles muy finos, incluso del tamaño de un cabello. Además, el óleo da al cuadro un colorido, brillo y luz que no se conseguía con el temple. La luz permite modelar las figuras logrando la tercera dimensión en pintura.

El cuadro no es de gran tamaño, mide 0,820 x 0,595 m, pero es de un tamaño apropiado para ser colocado en la casa de un burgués acomodado de la época como era Giovanni Arnolfini. Este rico comerciante italiano que surcó el Mediterráneo con sus negocios y se asentó el Flandes, como hicieron muchos otros para dirigir sus asuntos marítimos, residía en Brujas. Junto a él está su esposa Giovanna Cenami, hija de otro mercader de igual origen. Pero a pesar de lo sugerente de la escena, en la vida real este matrimonio no resultó como se esperaba, pues los Arnolfini nunca tuvieron hijos y el comerciante fue llevado ante los tribunales por una amante despechada que buscaba una compensación económica. Y aunque el enlace no tuvo un final feliz, fue una buena ocasión para que Jan van Eyck dejara para la posteridad una impresionante pintura en la que hizo un alarde de virtuosismo en la representación de la realidad.

El auge de los mercaderes y su ascenso a la cultura y el arte permitió que a principio del siglo XIV naciera el retrato como género pictórico. Aunque reyes y nobles ya recurrían al retrato, la reafirmación del individuo que conlleva este género se debió al aumento de poder de los particulares adinerados. Los nuevos burgueses quisieron perdurar en las obras artísticas que encargaban apareciendo como donantes en el retablo religioso. Pero pronto dejará de ser necesario el tema religioso para amparar el retrato, que emerge con fuerza a finales de la Edad Media en la pintura italiana y flamenca. Este cuadro es el mejor exponente de esta situación. Además, este tipo de cuadro viene a decorar los interiores, junto con los tapices, en las casas de esta nueva burguesía.

Es uno de los primeros retratos no hagiográficos (vida de santos) que se realizan. Y también un reflejo costumbrista de la vida social de la época. La escena ocurre en una sala que tiene un suelo de madera y que está iluminada por una ventana situada a nuestra izquierda. Los dos personajes están retratados en primer plano. Un perro mascota está a los pies de ella; los zapatos o zuecos de madera de él, debajo de Giovanni, y los de ella, junto a la alfombra. Algunos otros detalles que conviene señalar son: las frutas colocadas en una repisa debajo de la ventana y sobre un banco, el dosel de la cama, una lámpara que cuelga del techo con una sola vela encendida y, en la pared del fondo, un espejo en el que se refleja, invertido, todo el contenido de la habitación. A su izquierda cuelgan unos rosarios y, en la pared, sobre el espejo, vemos una inscripción en latín escrita en caracteres góticos en la que se afirma la presencia del pintor en la ceremonia. La luz del cuadro entra por la ventana de nuestra izquierda y modela suavemente los rostros de los personajes lo que origina una sensación de tridimensionalidad de enorme efecto.

El cuadro tiene muchos elementos simbólicos pero de difícil interpretación y no siempre están todos de acuerdo. Panosfsky ha aclarado el contenido iconográfico del retrato. El cuadro es como un certificado de matrimonio en forma visual. En aquella época no se necesitaba la presencia del sacerdote para realizar el sacramento del matrimonio (lo fue a partir del Concilio de Trento, al exigir en 1563 que la ceremonia fuera celebrada por un sacerdote y con la comparecencia de dos testigos). Según el derecho canónico, en el ritual del enlace los contrayentes juntaban sus manos y el novio levantaba el brazo para realizar el juramento. Arnolfini toma a su esposa de la mano y hace solemnemente el voto nupcial, levantando el antebrazo (fides levata); una solemnidad que queda subrayada formalmente por la simetría exacta de la composición. La vela encendida de la lámpara, aun cuando es pleno día, el hecho de que Arnolfini se haya descalzado ( la mujer lo ha hecho, pues al fondo se ven sus zapatos rojos), patentiza el carácter sagrado de la ceremonia. La firma, por su posición, por su redacción y por su traza, es excepcional: "Johannes de eyck fuit hic.(1434) ". Es decir, Juan Van Eyck estuvo aquí es el testimonio escrito de un testigo. La inscripción muestra riqueza de adornos y rúbricas como la firma personalizada de un notario en un documento legal. El perro es el tradicional símbolo de la fidelidad. La talla que se encuentra en la borla sobre el cabecero de la cama podría ser santa Margarita, patrona de los partos, o santa Marta, patrona del hogar. El espejo circular, en cuyo marco están diez de las catorce estaciones del Víacrucis, muestra la escena de la habitación desde una perspectiva inversa. Se puede ver la parte trasera de la pareja, así como a otras dos personas, tal vez los testigos a la ceremonia. El espejo contendría de esta forma el elemento esencial para entender correctamente la escena: hay un enlace matrimonial en presencia de testigos, uno de los cuales podría ser el propio pintor. La presencia del espejo anticipa la función de enlazador óptico que tendrá al espejo en el período barroco. Tenemos ejemplos interesantes como la Venus del espejo o La Meninas, de Velázquez. Hay que recordar que este cuadro perteneció a la colección real española, por lo que posiblemente Velázquez lo conocería.


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