sábado, 9 de mayo de 2009

Velázquez: El triunfo de Baco (Los borrachos)

Obra: El triunfo de Baco o Los borrachos
Autor: Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660)
Fecha: 1628 o 1629
Estilo: Barroco
Técnica: Óleo sobre lienzo
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Es el primer cuadro de tema mitológico que conocemos de Velázquez. La escena recoge el momento en que Baco, el Dionisios griego, dios del vino, de la vid y de todos los excesos que estos favorecen, corona a un soldado. Baco aparece semidesnudo acompañado por una especie de fauno y por un grupo de personajes vestidos a la moderna, que observan y beben. El tema entra dentro de una postura irónica con respecto a la mitología clásica; armoniza la representación del mito con modelos de la vida cotidiana. Baco aparece como el dios que ragala el vino a los hombres para que olviden por un tiempo sus dificultades. La obra se pinta en 1628 o 1629, coincidiendo, o poco después, de la estancia de Rubens en la corte de Madrid. El pintor flamenco vino con una misión diplomática, pero pintó y vio las pinturas de la colección real en compañía de Velázquez. En este momento Rubens, ya consagrado como pintor y como cortesano, debió constituir para el español un modelo a seguir. Velázquez sigue el modelo de Caravaggio para pintar al dios, desnudo, sensual y metido en carnes. Sin embargo los campesinos, curtidos por el sol y los años, están tomados de la realidad inmediata y se encuentran mucho más próximos a José Ribera y a cuadros como la serie de filósofos que realiza. La composición se organiza en base a dos diagonales que forman una equis, y cuyo punto de intersección es la cabeza del hombre al que corona Baco. A pesar del tono general oscuro del cuadro la figura del dios se destaca con más luz y por el color de sus ropas que rompe la monotonía de los marrones, del mismo modo que Apolo en La Fragua de Vulcano. Hay todavía muchos recuerdos de la etapa sevillana, en la entonación general, en los tipos humanos callejeros y en las calidades de los objetos que usan para beber. La figura de Baco contrasta de forma evidente con los campesinos que le acompañan. La piel del dios es blanca y suave, casi nacarada, como corresponde a alguien que no trabaja ni necesita exponerse a las inclemencias del tiempo. Hasta nuestro siglo, y la moda de broncearse en la playa, la blancura de la piel era un signo de distinción social. Los campesinos, vestidos rústicamente, tienen el rostro curtido por el sol, el viento y la vida al aire libre, y arrugado por el paso de los años. Sus sonrisas y el brillo de la nariz enrojecida hablan del estado de euforia en que les ha puesto el vino. El de la capa, mayor y quizá no tan pobre, mantiene una actitud más seria, mientras contempla la coronación. Físicamente, el que nos mira con el sombrero puesto, como haciendo una invitación a la bebida, tiene muchas semejanzas con el filósofo de Ribera del Museo del Prado. Los dos recipientes de barro y cristal que aparecen en el suelo en primer plano conservan todavía la maestría que Velázquez adquirió en Sevilla pintando bodegones, en cuadros como la Vieja friendo huevos o El aguador de Sevilla, y que mantuvo toda su vida, aunque no pintara bodegones independientes. El reflejo de la luz en el cristal y el brillo de la parte vidriada se consiguen a base de pequeñas pinceladas blancas, mientras los dos objetos, se destacan del fondo por una amplia línea de contorno negra.
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1 comentario:

Angelina Joseph Jackson dijo...

UN EXCELENTE TRABAJO , EL ARGUMENTO ES MUY PRECISO Y ORGANIZADO , ME ENCANTA LA FORMA QUE TENIA VELAZQUEZ DE PINTAR , SUS OBRAS ME FASCINAN