sábado, 16 de mayo de 2009

Velázquez: Las hilanderas



Obra: Las hilanderas
Autor: Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660)
Fecha: 1658
Estilo: Barroco
Técnica: Óleo sobre lienzo
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Quizás pueda dar la impresión de que se trata de un cuadro de género en el que se muestra un día cualquiera en la fábrica de tapices de Santa Isabel. Pero parece que no es este, según se cree hoy, el tema del cuadro.

Se trataría de una escena mitológica recogida por Ovidio en Las Metamorfosis. Aracné, una joven y habilísima tejedora, la mejor de toda Grecia, pero también muy vanidosa, hace un desafío para ver si Atenea puede tejer mejor que ella. La diosa recoge la apuesta y hacen las dos un tapiz. La diosa recoge en el suyo a los dioses con su fortaleza. Aracné pinta los vicios de Zeus, padre de Atenea, para conseguir con engaños enamorar, engañar y raptar a las ninfas. La diosa, ofendida, castiga a la insolente Aracné, ante tamaña insolencia, a convertirse en araña para que pueda seguir tejiendo durante toda su vida. Pero tras esta fábula, con gran ingenio intelectual, se esconde otro tema, como veremos.

En primer plano coloca Velázquez a cuatro mujeres en labores propias de la hilatura. La de camisa blanca que está a la derecha y vuelta casi de espaldas es Aracné, que está tejiendo su tapiz. A nuestra izquierda está Atenea, sentada en la rueca, disfrazada de vieja; pero se nota que es la diosa por la pierna de persona joven que nos enseña y que no se corresponde con su rostro de anciana. Otras dos figuras femeninas acompañan a las protagonistas.

En el fondo está el desenlace de la escena. Al fondo el tapiz en el que se narran los vicios de los dioses, en este caso, Zeus raptando a Europa. La diosa Atenea, con atributos gerreros como el casco, conmina a la joven insolente, que está delante de ella, a convertirse en araña. Tres jóvenes ricamente vestidas asisten al espectáculo.

En un plano intermedio ha colocado a una joven, con un rostro desenfocado y en penumbra, en un plano intermedio que está recogiendo el tamo del suelo. Un supuesto contrabajo o tal vez una viola de gamba hace de nexo de unión entre ambas partes. ¿QUé sentido puede tener el contrabajo? Podría ser que hiciera alusión a la creencia popular y extendida que consideraba que la música era el único remedio contra la picadura de una araña especial, la tarántula, de efecto supuestamente mortal.

Muchos son los aciertos de este cuadro. Por ejemplo, la sensación de moviento, característica barroca, se aprecia en la forma de pintar la rueca, en la que los radios no se ven, pero sí notamos como gira; o en la mano de la devanadora, que parece que tiene seis dedos debido a la velocidad con que manjera la hilatura.

La organizacion del cuadro se centra en la figura de Aracné, a nuestra derecha con la camisa blanca, que atrae inmediatamente la atención del espectador. Nuestra vista sigue, casi sin detenerse, a nuestra izquierda, a buscar la figura de Atenea, para finalmente descansar en la escena final que se encuentra en el fondo.

La pincelada de Velázquez se hace cada vez más suelta, utilizando manchas (como ocurre en el gato que está a los pies de Atenea). Esto es un antedecente de lo que después harán los impresionistas. La perspectiva aérea (dar la sensación de que corre aire entre las figuras) que ya habíamos visto en otras obras de Veláquez, se consigue con las mismas técnicas: zona iluminada, zona oscura, y zona de nuevo iluminada al fondo; y de paso, figuras que aparecen borrosas y desenfocadas, como ocurre con la mujer que recoge suciedad del suelo.

El cuadro ha sufrido amplicaciones que no mejoran para nada el original. Entre esas ampliaciones está la ventana circular sobre el tapiz del fondo.

El significado de esta obra ha dado origen a varias interpretaciones. He aquí una de ellas. Podría ser una alegoría sobre la nobleza del arte de la pintura y una afirmación de la supremacía de ésta sobre otras manifestaciones artística. Debería estar al nivel de las otras artes mejor consideradas en el XVII, como la música o la poesía. El tema se venía arrastrando desde el Renacimiento; basta pensar en el alegato que sobre ello hace Leonardo da Vinci en su Tratado de la pintura, en la que coloca a la pintura por encima, incluso, de la poesía. Con ello, Velázquez, intentaba elevarse a sí mismo al nivel de los grandes genios de la pintura, como Tiziano o Rubens.

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